El drama de la exclusión social

Por Orlando J. Ferreres | Para LA NACION

Mucha gente se queja de la injusta distribución de la riqueza, pero casi no escuchamos protestas ni quejas por la mala distribución del conocimiento. Sin embargo, esta última explica en gran parte el problema de la distribución económica injusta y de los principales problemas sociales de nuestro país.

Las manifestaciones que más nos impresionan del problema social son la desnutrición infantil, el analfabetismo aun en el siglo 21 y las dificultades que muchos jóvenes y adolecentes tiene para conseguir un trabajo formal, estable y bien remunerado. Esta situación da lugar a la proliferación de pandillas de jóvenes que ni trabajan ni estudian; en otras palabras, a la exclusión social. Esta terrible exclusión social ha crecido mucho en los últimos 30 años por los errores de los políticos al gestionar el país. Una clara demostración de esto es la evolución de la pobreza que en nuestro país era cercana al 5% en 1983 y ahora, según cifras privadas, está en el 24%, pero llegó afectar hasta el 56% de la población del país en los momentos de crisis, como 2002.

El problema de la exclusión social se origina en gran parte en la niñez, sobre todo por el desconocimiento que los padres tienen acerca de cómo alimentar y educar a sus hijos pequeños, y posteriormente tampoco le dan importancia a la educación formal de la escuela. Esta falta de formación les impide que puedan obtener trabajos estables y por lo tanto se acostumbran a vivir de las changas y de los planes sociales.

Cuando esto ocurre por más de una generación, el problema se vuelve más difícil de revertir. Por lo tanto, la ayuda que las distintas organizaciones de acción social brindan son buenas, pero no solucionan el problema de fondo sino que son un paliativo ya que no pueden brindar mejores perspectivas y proyectos de vida. En muchos casos se convierten en problemas permanentes que muchos políticos utilizan para el clientelismo electoral sin que esto sea una solución eficaz. La solución de los problemas sociales se deberían resolver de forma tal que cada persona tenga las herramientas para poder encarar los desafíos que se le van presentando por sus propios medios, de una manera autónoma. Es decir, requiere un esfuerzo de educación muy fuerte que revierta el estado creciente de gente que va quedando fuera de los beneficios del desarrollo.

Es importante tener una evaluación del grado de conocimientos (formación y conocimientos para la competitividad) para desenvolverse en la vida que tiene la población argentina. En una investigación llevada a cabo por Manuel Mora y Araujo y sus investigadores asociados, se realizó un trabajo muy amplio al respecto sobre toda la población en condiciones de trabajar en 2009. Para estudiar esta distribución de los conocimientos se dividió a la población argentina en 12 niveles, desde (1) “nulos conocimientos (no saben nada)”, hasta (12) “amplios conocimientos”. Esta distribución del conocimiento para la formación y competitividad, también se hizo por nivel socio-económico. En el gráfico sobre distribución del conocimiento se puede apreciar que el 30% de la población argentina no sabe nada, está en el nivel (1) no tienen ningún conocimiento o formación para manejarse en el momento actual. Si tomamos los 3 niveles más bajos de conocimiento del total de la población, el 45% no sabe nada o casi nada, lo que es dramático y requiere una acción muy enérgica para revertirlo.

Si consideramos el nivel socio-económico bajo, el 50 % no sabe nada y agregando los 3 nivel mas bajos de conocimiento, se llega que el 75% de la población de bajos recursos de la Argentina no sabe nada o casi nada.

Esto nos indica que este es un problema prioritario a encarar. ¿Qué país podemos tener con esta decadencia tan grande de la educación?

La solución está en la educación primaria y secundaria ¿Dónde rinde más para la sociedad el dinero destinado a la acción social? Desde que Alfred Marshall señaló que “el capital más valioso es el invertido en los seres humanos” se han realizado numerosos trabajos destinados a estimar los beneficios económicos que obtienen las personas gracias a su educación. Esos beneficios generalmente se miden utilizando la tasa interna de rendimiento que es la que iguala los ingresos diferenciales que proporciona un cierto nivel de educación con la inversión que debe realizarse para alcanzarlo. Los ingresos se obtienen como diferencia entre los del nuevo nivel educativo comparados con los ingresos del anterior a lo largo de un período de tiempo (cuánto gana un contador público por encima de un perito mercantil durante toda su vida profesional, por ejemplo), mientras que la inversión necesaria para obtener ese grado se mide por los costos soportados al cursar esos estudios.

Hemos considerado el estudio internacional realizado por Cohn E y Geske T. donde señalan que en América latina las tasas de rendimiento social son muy altas para los recursos económicos aplicados a la educación: en la primaria 26%, en la secundaria, 18% y en la superior 16%. Por lo tanto, la respuesta es aplicar los recursos a la educación, ya sea preprimaria, primaria o secundaria con mucha fuerza, sobre todo en las villas de emergencia, pues esta fuerza puede integrar a todos los niveles sociales a la sociedad y al mundo del trabajo de modo que en el futuro puedan sostenerse solos y ya no sean demandantes de subsidios.

Creo que las políticas sociales deben procurar que el individuo en situación marginal pueda salir de ella por su propio esfuerzo, como por ejemplo puede demostrar la experiencia de Toti Flores con sus cooperativas de trabajo que no aceptan dádivas. La educación hace factible que esto pueda lograrse y permite, al facilitar la obtención de un trabajo digno, que esta situación sea permanente. De este modo, la persona ya no necesita asistencia social, subsidios, planes sociales o similares, que son pasajeros, inestables, sujetos a la política social o presupuestaria del momento o a los designios de la autoridad de turno.

Impulsar un gran cambio educativo no es fácil, pero no es imposible. Belgrano y Sarmiento lo propusieron y lo hicieron posible en su momento. La mejoría que el país obtendría nos debe impulsar a todos a hacer el máximo esfuerzo para lograrlo.

 

 

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